I. Cómo nacen las novelas
Hace unos días encontré un sobre con mi nombre. Estaba escondido bajo una caja donde mi madre había guardado las cartas que le escribía antes de que existieran los teléfonos móviles, cuando las noticias viajaban despacio y el tiempo se extendía a una escala humana. Dentro había documentos sobre mi nacimiento. Papeles que habían esperado décadas para volver a mí.
Cuando se lo conté a mi marido dijo:
—Es una “cápsula de tiempo”.
Me gustó la expresión. Pensé que eso hacen las familias: entierran pequeños fragmentos de sí mismas para que un día sus descendientes los encuentren. Como si cada generación dejara mensajes para otra que todavía no existe.
A menudo me preguntan cómo nace una novela. Nunca sé muy bien qué responder. Porque una novela rara vez nace de una sola idea. A veces una historia espera durante años, como una cápsula del tiempo, hasta que un encuentro, una imagen, un objeto o una frase la despiertan.
Y entonces empiezas a escribir.
II. Anne Berest en La Postal o cuando la “cápsula del tiempo” llamó a su puerta.
Fue en 2003 cuando la escritora francesa Anne Berest encontró en el buzón de su casa una postal en blanco y negro, sin firma, en la que aparecía la imagen de la Opera Garnier. Una “cápsula de tiempo”. Detrás, cuatro nombres que desconocía: Ephraïm, Emma, Noémie y Jacques. Cuando Anne Berest fue a preguntarle a su madre si los conocía, esta le contestó que por supuesto, que eran sus bisabuelos maternos y sus hijos, todos fallecidos en Auschwitz en 1942.

Veinte años después, aquella postal se convirtió en La Postal, una novela donde reconstruye la historia de la familia Rabinovitch desde su huida de Rusia hasta Auschwitz.
Fue como si años más tarde, esas personas llamaran a la puerta de la autora para que Anne Berest contara, recuperara, diera testimonio de lo que ocurrió. Fuera la portavoz del destino familiar.
Me gusta esa función de la literatura, vista como un verdadero proceso creativo, que consigue abarcar en un mismo espacio, el pasado y el presente, deshacer lo que llamamos tiempo, dando origen a la magia de la inspiración.
III. “Capsula de tiempo” en la novela La más recóndita memoria de los hombres, de Mohamed Mbougar Sarr.
De la misma manera, La más recóndita memoria de los hombres, de Mohamed Mbougar Sarr, comienza con un hallazgo. En este caso es un libro, casi olvidado, encontrado por azar, lo que se convierte para el autor en la “capsula de tiempo.

Como ocurre en La Postal, el pasado parece negarse a desaparecer y termina llamando a quien puede contar su historia. La obra, que fue reconocida en 2021 por el Premio Goncourt cuenta como su personaje considerado quizá el alter-ego del propio escritor, un joven aspirante Senegalés, descubre en París un libro mítico de 1938: El laberinto de lo inhumano, de T.C. Elimane. A partir de ahí, el personaje comienza una búsqueda que atraviesa continentes y generaciones.
La novela atraviesa países y continentes tratando de hallar las pistas necesarias, las huellas del libro y de T.C. Elimane, desde Senegal a Francia, pasando por Argentina y Afganistán. El autor de entonces, cuyo éxito había sido fulminante, había desaparecido de la misma manera que su libro.
Poco a poco, los dos autores entremezclarán sus vidas, dando lugar a la estrecha unión que existe entre la escritura y la vida.
IV. “Capsula del tiempo” y de cómo yo misma me volví escritora
Cuando yo era niña, mi madre me decía que en nuestra casa del Pirineo había un tesoro escondido. Mi padre, que aceptaba con naturalidad las intuiciones más extravagantes de “la pintora Mercedes Gómez-Pablos”, decidió llamar al Padre Pilón, el famoso jesuita con dotes de parapsicólogo.
Y así fue. Un día llegó con sus aparatos, varillas, incienso y artilugios diversos de grabación, quizá para escuchar aquello que los demás no podían oír.
Recuerdo verlo recorrer la casa lentamente. Un séquito de curiosos lo seguíamos. El sacerdote se detenía en los rincones, cerraba los ojos, esperaba. Aquella casa había sido un monasterio mil años atrás, imagínate lo que podía guardar todavía de quienes la habitaron.
Finalmente se detuvo en la escalera que une la antigua capilla con el salón.
—El tesoro está aquí —dijo sin un ápice de duda.
Todos nos miramos sobresaltados y mis padres concluyeron que “un día” excavarían para encontrarlo…
Después de cenar, los mayores permanecieron hablando junto al fuego. Yo debía irme a la cama, pero me escondí detrás de una puerta.
Fue esa noche cuando escuché historias de voces que atraviesan paredes, de presencias invisibles, de cintas de casete donde quedan grabados los murmullos, voces imposibles de gente desaparecida. Mi abuela, que acababa de quedarse viuda, escuchaba con fascinación aquellas palabras que la acercaban a un lugar donde el dolor se volvía algo más ligero.
No recuerdo exactamente lo que se dijo, pero sobre todo recuerdo lo que sentí.
A pesar del miedo que me acompañó hasta bien entrada la treintena, algo se abrió dentro de mí que tomó sentido años más tarde a través de mis escritos.
La intuición de que la realidad nunca termina completamente donde la vemos.
Entendí de una manera diferente las historias que aparecen en El Horla, de Guy de Maupassant, la obra maestra del terror psicológico. Para el autor, el terror no nace en castillos medievales, sino en la mente del protagonista, dentro de su propia casa, de su ser. El lector nunca sabe con certeza si lo que ocurre es real o si el narrador simplemente está perdiendo la cabeza.

Aunque aún me quedaban más de veinte años para publicar mi primera novela Regreso a París, y otros cuantos para La Maldición de Kylemore que habla justamente de un castillo encantado, esa noche me convertí en la escritora que soy.

A la mañana siguiente, la casa seguía siendo la misma. Pero yo ya no miraba las habitaciones igual. Comprendí que los lugares conservan una memoria secreta y que las familias también esconden pasadizos invisibles entre unas generaciones y otras.
Quizá las novelas nazcan precisamente ahí: cuando una de esas cápsulas de tiempo se abre por fin a lo invisible.


